LA HUELLA HUMANA I. Huella de carbono.

Este es el primero de una serie de artículos haciendo un cálculo muy, pero que muy informal de la huella ecológica del Hombre. Que nadie se enfade, el artículo está en un evidente tono de humor, intentando ser lo más instructivo posible y generar conciencia sobre la realidad del impacto de nuestra vida cotidiana. Que nadie se espere que me ponga a fijar de forma seria el sistema de producto o la unidad funcional, pues tampoco toca.

Empezaremos con una reflexión, y es que pasamos por este mundo generando una huella en todos los ámbitos de la vida, queramos o no. Lo suyo es pasar siendo constructivos, buenas personas y dejando un impacto positivo en todo lo que te rodea, pero hasta los más buenos dejan hoy por hoy una huella negativa en su entorno. Un débito que heredan las generaciones futuras, sobre las que descargamos la obligación de su compensación.

Esta huella ambiental tiene múltiples facetas, y ese será el objetivo de esta serie de artículos: Realizar un cálculo somero de cada una de ellas para ser conscientes de qué dejamos en nuestro planeta cuando pasamos por él. Para hacer este cálculo hablaremos de una persona media en España, que tendrá una vida media de 83,11 años (80 años para los varones y 85 años para las mujeres) y vivirá en un hogar compartido con un total de 2,49 personas, pongamos que 2, por aquello de no desmembrar a nadie.

Iré sacando las estadísticas del INE (Instituto Nacional de Estadística), de encuestas de hábitos de consumo, de Red Eléctrica, del Instituto para la Diversificación y el Ahorro de Energía, (IDEA), etc.. Con ello construiremos un perfil general, un modelo medio que nos ayudará a entender qué futuro estamos dejando a nuestros hijos.

Empezaremos haciendo nuestros cálculos con una de las huellas más conocidas, la del carbono, la huella que determinaría cómo estamos contribuyendo al calentamiento global en cada aspecto de nuestra vida. Abrocharos los cinturones, que comenzamos…



LA MALA COSTUMBRE DE RESPIRAR Y OTROS MALES MENORES.


Durante nuestra vida, una de las cosas que no vamos a dejar de hacer es respirar, y respirar supone una emisión constante de CO2 a la atmósfera. Somos un factor más de emisión de gases de efecto invernadero que muy pocas veces se tiene en cuenta.

Cuando más CO2 emitimos respirando es cuando realizamos actividades deportivas y ejercicio físico. Un vicio que algunos tienen, y al que según el INE (Instituto Nacional de Estadística) el español medio dedica una media de 40 minutos al día, entre los vigoréxicos que van al gimnasio a matarse 3 horas al día y los que no se mueven del sofá.

Durante dichas actividades deportivas respiramos casi cerca de 100 litros de aire por minuto, lo supone una emisión aproximada de 13 gr. de CO2 por minuto, lo cual terminará suponiendo una media de emisión de 15,7 toneladas de CO2 durante nuestra vida, solo por la maldita manía de hacer deporte.

El resto del tiempo hemos de suponer que estaremos en reposo, eso siempre teniendo en cuenta que no se nos acelere la respiración escuchando al jefe, a los clientes, al que nos pita en el atasco o al que nos empuja en la cola del supermercado, que ya es mucho suponer.

En estas situaciones solemos respirar unas 12 veces por minuto, que supone una cantidad normal de 6 litros de aire al minuto con una conversión del oxígeno en nuestros pulmones que termina por generar unos 0,8 gramos de CO2 por minuto.

Si descontamos los 40 minutos de antes, dedicados a ser terroristas del CO2 mientras rebajamos barriga, estaremos en reposo un total de 23 horas y 20 minutos cada día, lo que supondrá una emisión de CO2 hasta que expiremos y demos nuestro último estertor que alcanzará las 34 toneladas de CO2.

Pero la respiración no es el único gas que emite el ser humano. Por término medio expelemos unas 10 ventosidades al día, que suponen entre 0,5 y 2 litros de gas en forma de flatulencia. Estos “pedos” están formados entre otros por CO2 (30% de la composición), procedente de la neutralización de los ácidos gástricos y la digestión aerobia de alimentos, y por metano (CH4, en un 10% de la composición), procedente de la degradación anaerobia de los alimentos.

Algunos pensarán que esto no es nada, frente a lo que respiramos, pero hay que tener en cuenta que todo suma, y más el metano. Este gas genera sobre el conocido como “cambio climático” un impacto mucho mayor, ya que tiene un mayor potencial de calentamiento global. De hecho, según el IPCC y el índice GWP, para 100 años, una molécula de metano (CH4) calienta como 25 moléculas de CO2.

Haciendo un cálculo de las flatulencias que el español medio pueda tener a lo largo de su vida, podremos ver que en total emitiremos cerca de 60.670 litros, que en CO2 supondrán más o menos 1,2 toneladas de CO2 equivalente (una vez convertido el metano), a sumar a las 49,7 anteriores por respirar.

Si además de respirar y tirarte algún que otro “pedete” a lo largo del día, eres de ese 35% de españoles que fuma, ya no se ni qué decirte. Sumado a la deforestación que genera el tabaco, que aquí no vamos a considerar, tendremos que calcular el CO2 que emitimos por la simple acción de fumar.

Para ello, sabiendo que el año 2016 los fumadores consumieron una media de 12,3 cigarrillos al día, tendremos que a nuestro individuo medio le tocarían fumarse unos 4,3 cigarrillos al día, lo que supone una emisión de otras 0,6 toneladas de CO2 en la vida, que todo suma.

En todo caso, rompamos una lanza a favor de los fumadores, ya que si es cierto que el fumar acorta una década la vida, gracias a su vicio es probable que mueran mucho antes de lo que les tocaba, y de ser así, es probable que nos ahorremos una emisión equivalente a unas 6 toneladas de CO2 de lo que respiran, mucho más de las 1,7 toneladas que emitirán por fumar esa media de 12,3 cigarrillos a lo largo de toda la vida.

En total, y sólo por respirar por arriba y por abajo, hacer deporte como un terrorista más, y echarse algún pitillito de vez en cuando, el español medio emite a la atmósfera 51,5 toneladas de CO2 eq a lo largo de toda su vida, una emisión a considerar en cuanto a su huella de carbono vital, tal y como veremos más adelante.




UN INDIVIDUO EN MOVIMIENTO.

Cuando nos movemos también generamos emisiones de CO2, un ámbito de nuestra vida que también es muy habitual, y por el que también somos unos grandes generadores de impacto por nuestra huella de carbono. Pero veamos hasta qué punto.

En primer lugar, podremos comprobar que el 55% de los españoles tienen carnet de conducir, y según una encuesta de consumo realizada en 2.013 por una aseguradora, estos conductores realizan una media de 12.000 km al año. Evidentemente es una media, sacada de entre lo que hacen cada día los madrileños, que no ven más que volante en la M30, y lo que conducen en otros sitios como en La Rioja, pero nos servirá para estimar a nuestro individuo medio.

Si somos magnánimos y pensamos que un coche tiene una emisión media de 120 gr/km de CO2 (y en este punto estoy siendo incluso idealista), podremos comprobar que estaremos emitiendo un total de 59,8 toneladas de CO2 a lo largo de nuestra vida solo por coger el coche.

Y ¿qué necesitamos para conducir?, pues necesitamos carreteras, y ¿os pensáis que la construcción y mantenimiento de infraestructuras de transporte por carretera salen gratis a la naturaleza?. Pues la verdad es que no. Si adoptamos los interesantes cálculos mostrados por @gofercaminos en “Las carreteras contribuyen al efecto invernadero”  estaríamos hablando de una emisión aproximada de 9.000 t/km de CO2 eq., considerando tanto construcción como mantenimiento durante una vida útil media de 20 años.

Haciendo un cálculo muy grosero, en España hay un total de 26.392 km de titularidad estatal (en un total de 387 carreteras), a los que hay que sumar las carreteras de titularidad regional y provincial, sumando un total redondeado de 166.000 km, por lo que tocaríamos a un total de 32 toneladas por habitante (suponiendo que la carretera durase toda la vida, que ya nos gustaría).

Pero es que si nos quedásemos en esto, aún tendríamos remedio, pero en España nos gusta viajar. De hecho, en 2017, según la encuesta de turismo de residentes del INE, se realizaron un total de 17,3 millones de desplazamientos al extranjero, 10,7 millones por ocio o vacaciones. Y los países más visitados fueron Francia, Italia, Estados Unidos, Reino Unido y Alemania.

Podemos decir que nuestro español medio realiza un viaje al extranjero cada tres años, y que como media emitirá en el vuelo que realice 0,182 t de CO2 (calculado con la calculadora de Huella de Lufthansa), por lo que al final de su vida tendremos que emitirá un total de 5,3 toneladas más de CO2.

En total, y solo por no sacrificar nuestra movilidad más básica, el español medio tendría asignada una emisión media de 97,1 toneladas de CO2 a lo largo de toda su vida, una emisión mucho más grave que el hecho en sí de respirar, como podréis comprobar.




UN INDIVIDUO CON MUCHA ENERGÍA.

Si no nos movemos, es probable que nos quedemos en casa, y aquí nos convertimos por definición en unos consumidores natos de energía, lo cual aún incrementará más nuestra huella de carbono.

Ya de normal nos pegamos unas 2 horas al día viendo la televisión, según el INE, que no es poco. Suponiendo una media de consumo de un televisor de LED de los actuales 90 W y un consumo de energía en modo de espera de 0,2 W, en el que la mayoría suelen dejar sus sistemas, estaríamos hablando de un consumo total al cabo de nuestra vida de 5.590 kWh.

Nos podrá parecer mucho, pero tenemos otros vampiros en el hogar que tenemos que considerar en su escala de consumo a lo largo del tiempo. Os pongo por ejemplo electrodomésticos que todos tenemos conectados en casa de continuo, como por ejemplo el router de internet que tenemos el 83,4% de los hogares españoles (10W, que supone un consumo de 87,6 kWh al año) o el frigorífico (284 kWh al año, siendo magnánimos y pensando en una categoría A++). Sólo entre estos dos sumarán ya a lo largo de nuestra vida un consumo total de 30.883 kWh.

Pero es que para calcular la huella de nuestro impacto humano en el CO2 tenemos que tener en cuenta hasta las operaciones más básicas y fundamentales. Por ejemplo, calentarnos la leche de por las mañanas en el microondas tendrá como media un consumo energético de 24 Wh. Y desayunamos todos los días de nuestra vida, por lo que seguramente solo en el desayuno consumiremos un total de 728 kWh en nuestra vida.

Podríamos seguir esta misma rutina, y calcular cuánto consume cada uno de nuestros electrodomésticos en función de su potencia y su consumo, pero por aquello de no extendernos, cogeremos el dato de consumo medio por hogar en España que arroja el IDAE en el sector residencial (para el año 2.016), y en base al número de hogares y las personas por hogar, podremos ver que el español medio consume 1.707 kWh al año en electricidad hogareña, lo que supondrá durante toda su vida 141,8 MWh.

Si tomamos como referencia la emisión promedio del mix eléctrico que nos marca el Ministerio, en su calculadora de huella de carbono para 2.016 (cojo este por ser uno de los años más magnánimos con el cálculo), tendríamos un factor de emisión de 0,36 kgCO2/kWh, lo que supondría que estaríamos emitiendo un total de 51,1 toneladas adicionales por el consumo de electricidad en nuestros hogares.

Y esa emisión es sólo en el consumo de electricidad de nuestros hogares, aquí habría que sumar y considerar también el consumo directo de combustibles para calefacción o para cocinar. Y es que nuestros hogares consumen también energía en forma de combustibles como el gas natural, el GLP o el gasóleo, y también deberíamos de considerar su aporte a nuestra huella. De hecho, cogiendo la misma información del IDAE para el año 2016, estos consumos de combustibles supondrían una emisión de 410 kg/año de CO2 para el español medio, o lo que es lo mismo, otras 34,1 toneladas de CO2 emitidas en toda su vida sólo en calefacción.

En total, y sólo por tener unos hogares con todas las comodidades, emitimos en nuestra vida un montante de 85,2 toneladas de CO2 a la atmósfera, otra buena palada de carbono al aire que tiramos por vivir nuestra vida hogareña, y que supondrá un 21% de nuestra huella total.




EMITIENDO CO2 CON LA COMIDA.

A estas alturas de lectura es posible que a alguno le haya entrado hambre. Normal. Sin embargo, antes de ponerte manos a la obra, tienes que ser consciente de que en función de lo que decidas comer dependerá también en buena parte tu huella de carbono personal.

La carne, por ejemplo, es uno de nuestros alimentos favoritos. El español medio consume al año unos 5,8 kg de carne de vacuno, 14,17 kg de carne de pollo, 28,5 kg de carne de cerdo y 1,78 kg de carne de caprino (según datos de mercado de 2014). En total, comemos por persona algo más de 50 kilos al año de carne, y teniendo en cuenta los distintos factores de emisión de cada uno de los consumos vistos, esto supone una emisión asociada de CO2 equivalente de 668 kg/año, lo que al final de nuestra vida equivaldrá a unas 55,5 toneladas de CO2 sólo por consumir carne.

Y es que hay que tener en cuenta que cualquier alimento que provenga de la ganadería, lleva asociada una huella de carbono mayor, ya que la estabulación del ganado (en la que hay que considerar los pedetes de los animales y la descomposición de sus heces) y el procesado requerido de los alimentos para la puesta en mercado, hacen que las emisiones asociadas de CO2 equivalente se disparen.

Por ejemplo, si vamos más allá de la carne, un litro de leche equivale a 2,4 kg de CO2, y en España consumimos 73 litros de leche al año de media, por lo que nuestro individuo medio emitirá 14 toneladas de CO2 equivalente asociadas al consumo de leche a lo largo de toda su vida.

Sin embargo, si nos dejamos de “leches” y nos pasamos a consumir plátanos, naranjas, patatas o tomates, estaremos en un consumo anual medio en España de unos 70 kg/año, que sin embargo llevarán asociada una huella de carbono de 3,47 toneladas de CO2 a lo largo de toda la vida de nuestro individuo medio. Es decir, a consumo equivalente, mucha menor huella de carbono.

A todo esto hay que sumar la frase “dime de donde viene, y te diré cuanta huella te suma”. Así podríamos definir la importancia del consumo del comercio local de cara al incremento de tu huella de carbono. Y es que a la emisión de CO2 equivalente asociada a la propia producción y procesado del alimento, deberíamos considerar la correspondiente al transporte, por lo que el “lujo” de comer alimentos importados puede llevarnos a incrementar hasta en un 50% adicional nuestra huella de carbono. Es lo que por ejemplo le sucede a alimentos como la fresa, que presenta una huella de carbono de 0,684 kg de CO2/kg de fresa cuando viene de España, mientras que puede llegar a ascender a un total de 1,314 kg de CO2/kg de fresa cuando viene de fuera.

Al igual que en el caso del consumo de energía, podríamos seguir analizando la huella de carbono de todos los alimentos que consumimos, para saber cuál es nuestra huella de carbono global. Pero si algo caracteriza al español medio, o por lo menos así debería ser, es la famosa “dieta mediterránea”, esa composición alimentaria en la que predominan las verduras de temporada, de origen local, y baja la ingesta de carne, fundamentalmente de vacuno.

Suponiendo que nuestro individuo es un enamorado de la famosa dieta mediterránea, que ya es ser magnánimo, podremos tener un cálculo aproximado de su huella, ya que sobre esta dieta se han escrito libros enteros. En el caso de la huella de carbono adoptaremos el estudio realizado para la dieta del Hospital de Huelva, en el que se establecía una huella de carbono para dieta mediterránea de 5,083 CO2 equivalente al día.

Comer sano, por tanto, por parte de nuestro individuo medio, supondrá una huella a lo largo de su vida de aproximadamente 154,2 toneladas de CO2 equivalente, un considerable incremento en nuestra huella personal respecto a lo visto hasta el momento que supone el 37% de nuestra huella de carbono global.




LA HUELLA DE CARBONO DEL AGUA.

Siento si a alguien se le ha atragantado la comida con el apartado anterior, pero que ni se le ocurra ir a por agua para pasar el mal trago. También estaría emitiendo CO2 con este comportamiento.

De hecho, según el INE en España consumimos en 2.014 en nuestros hogares cerca de 132 litros/habitante y día. Este consumo supone a lo largo de toda la vida un consumo de cerca de 4.000 m3 de agua del grifo. Un consumo de agua cuya producción, bombeo y distribución llevará asociada una huella de carbono de 3,64 toneladas de CO2 equivalente durante toda nuestra vida.

Antes de que te lances no obstante a abrir la nevera para coger cualquier otro refresco que te haga pasar el mal trago, comunicarte que cualquier otra opción que escojas de ahí dentro va a emitir más CO2. De hecho, como tardes mucho en cerrar la puerta de la nevera, te mando al infierno ecologista por la vía del capítulo anterior “Un Hombre con mucha Energía”.

Y es que la huella de carbono por el consumo de agua embotellada, refrescos, zumos, cerveza o vino, se dispara considerablemente debida al procesado del producto, el uso de envases, la propia generación de gases durante la fermentación, el transporte del producto hasta el punto de venta o suministro, o su refrigeración.

De esta forma, cuando hablamos de vino, podemos estar hablando de cerca de 1,5 kg de CO2 por botella, mientras que si hablamos de cerveza hablaríamos de una huella aproximada de unos 0,750 kg de CO2 por litro, y si hablamos de refrescos estaríamos entre los 0,17 kg CO2 por lata y los 0,5 kg de CO2 por botella de PET de 2 litros.

Si tenemos en cuenta que un español medio consume unos 21 litros al año de vino, 48,3 litros de cerveza y unos 37,32 litros al año de refrescos diversos (mayoritariamente de cola), estaríamos hablando que por beber cosas distintas al agua estaríamos sumando a lo largo de toda nuestra vida un cómputo total de 8,1 toneladas de CO2. Y ojo, que en estos datos, para los refrescos, estoy teniendo en cuenta el consumo en hogar (no el canal HORECA), y estoy omitiendo otras bebidas como los alcoholes de alta graduación. Imaginaros la emisión de CO2 de nuestros patrios botellones juveniles.

En definitiva, y sólo por saciar nuestra sed y pasar el mal trago de ver cómo va subiendo nuestra huella de carbono prácticamente sin querer, ya le tenemos que sumar otras 11,7 toneladas de CO2 a nuestra huella, lo que sería un 3% de nuestra emisión global.




EN PELOTA PICADA.

Hemos visto hasta el momento el coste ambiental en huella de carbono que tiene nuestro estilo de vida, y entiendo que ya estará más de uno preocupándose del coste que el planeta está asumiendo por tenerle vivo en su superficie. Pero os pido que aguantéis un poco más, pues no creo que nadie esté leyendo este post en pelota picada, y desde luego espero que con la que está cayendo no salga a la calle sin ponerse algo.

Efectivamente, la ropa que llevamos es el otro factor que deberíamos evaluar para tener una idea aproximada, pero que muy aproximada, de nuestra huella de carbono global.

En España nos gastamos un promedio de unos 560 € por persona al año en ropa. Teniendo en cuenta que lo que más nos compramos, según las encuestas de consumo que he podido ver, son pantalones vaqueros, vamos a hacer una aproximación básica sobre esta base (nos tendremos que conformar con esto, que tampoco tengo tiempo para más).

Para hacer el cálculo usaremos el estudio de ciclo de vida de los jeans de Levi Strauss, que está hecho de una forma bastante formal y seria para mi gusto.

Atendiendo a este estudio, habrá que tener en cuenta la huella de carbono que nos muestra la marca, con 33,4 kg de CO2 por vaquero, restándole el 37% que la marca considera del cuidado del vaquero en el hogar (lavados y planchados), que ya hemos contabilizado anteriormente. De esta forma, y considerando que nos daría con el presupuesto medio para comprar unas 9 prendas al año, tendríamos que sólo por vestirnos estaríamos asimilando una huella de carbono de 189 kg de CO2 equivalente al año y por persona, como media.

En ropa, la huella de carbono del individuo promedio en España subiría otras 15,7 toneladas a lo largo de toda su vida, otra contribución nada desdeñable que supondría prácticamente el 4% de toda su emisión global.




PLANTAVIT ENANO, PLANTAVIT.

Esta expresión, que a más de uno de mi generación le recordará un famoso anuncio televisivo, me sirve para introducir este apartado, que hace de conclusión final y de contrapeso para nuestra huella de carbono: ¿Cómo nos podemos hacer neutros o incluso de impacto positivo?

Evidentemente, los más puristas del medio ambiente (entre los que me incluyo) tenderán a ir a la vía de la evitación o la prevención, pero…. Deja de hacer ejercicio, muérete antes, no cojas el coche, apaga todos tus electrodomésticos, no comas, deja de fumar (o no, si así consigues morirte antes), etc…. Aún así, hagas lo que hagas, tu huella seguirá siendo negativa. Sólo por existir tu huella de carbono ya es muy negativa, por lo que algo más habrá que hacer.

¿Cómo lo hago pues?. Sencillo: Planta un pino, y no me refiero al lado escatológico, sino al forestal.

La única forma de compensar tu huella de carbono es conseguir que alguien se la coma por tí, y en esto está demostrado que los árboles son unos auténticos maestros. De hecho, en la península ibérica tenemos algunos ejemplares, como el pinus pinea, que puede llegar a absorber 0,85 toneladas/año de CO2. Pero no sólo los pinos, ejemplares como los alcornoques (quercus suber) podrían llegar a absorber un total de 0,88 t/año de CO2. Por otro lado, especies de más rápido crecimiento, como el chopo, podrían llegar a alcanzar los 1,16 t/año de consumo de CO2, pero en este caso tendríamos que considerar también las necesidades hídricas.

Si consideramos un consumo combinado de CO2 de 0,9 toneladas al año, y tenemos en cuenta que cuando hagamos nuestra reforestación es probable que tengamos un porcentaje de marras del 35% (especies que no prosperan), nos podremos percatar que necesitamos un mínimo de 8 árboles, nada más nacer, para conseguir compensar nuestra huella de carbono a lo largo de la vida.

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